Eduardo Sanz Lovatón

Un lunes cualquiera amaneces con que un colaborador, sin preguntarte nada, sin autorización de nadie vinculado contigo, se destapa en una red social regalando huevos en tu nombre. Eso genera que opositores y todo tipo de gente que no te conoce comience a acusarte de humillar, de burlarte de la pobreza y de amenazarte con meterte preso. Todavía no son las 10:00 am.

Al mismo tiempo, recibes una carta de un sector con el que tienes casi dos años discutiendo una posible reforma en el área donde interactúan, preguntándote como que no se ha hablado absolutamente de nada en esos dos años. Es una forma de hacer un expediente legal para evitar la reforma que modernizaría el sector. No son las 11:00 am. Entrando a una reunión de planificación con una delegación del FMI, me llama un importante “influencer” para “advertirme” que en uno de nuestros aeropuertos existe una red mafiosa.

Eduardo Sanz Lovatón (Yayo), Director general de aduana.

Le pregunto que dónde y por qué lo dice si la revisión de los aeropuertos está mejor que nunca y hemos sido felicitados por los actores del sector aeronáutico y turístico. Me dice que a una tía lejana le abrieron la maleta en el avión. Le explico que Aduanas solo interviene después de que pasan por migración y que cuando abrimos maletas es bajo cámaras. Le pido la hora y número de vuelo. Me dice devolverá después. No lo hizo.

Al entrar a la reunión del FMI explicamos los avances del programa 24 horas, el incremento en la recaudación como resultado de la recuperación económica dirigida por el presidente Luis Abinader, la cual es ejemplo de toda America Latina. Los colegas del FMI hacen preguntas y más preguntas. Hablamos de proyecciones.

Larga reunión y me paro para almorzar con un grupo de trabajo de inteligencia. Estos oficiales de inteligencia son ejemplo de tantas cosas buenas. Me hablan de los pocos recursos a su disposición y me hacen todo tipo de anécdotas de cómo los hallazgos siempre son acompañados de frases como: “Soy del partido”, “Soy amigo de fulano”, “tú sabes con quién te estás metiendo”, “eso fue un error”. Suspiro y le repito la frase de Luis: ‘tengo amigos, no cómplices’.

Entre llamadas, sigo el almuerzo. No son las 2:00 pm y ya estoy exhausto. Salgo del comedor y le pregunto a los de mi despacho, qué más tenemos. Ambos se ríen y no de alegría.

Me preguntan con más pena que vergüenza que si me refiero a lo programado o a los imprevistos. Entre estos últimos tengo un empleado molesto por un traslado rutinario por el que dice sentirse indignado; unos diputados que han venido a quejarse por una exoneración que se les negó a unos camiones de recoger basura (cosa que no es potestad del director de Aduanas); una señora con un problema de una ayuda para un cáncer de un niño.

Los atiendo como puedo y explico lo que puedo. Programada para la tarde tengo una reunión con la vicepresidenta con la que tengo el proyecto de modernización en común. Luego una con el ministro de Turismo para debatir las exoneraciones del sector hotelero que ellos conceden pero que Aduanas fiscaliza y siempre hay conflictos y temas entre ambos enfoques. El nuestro es cobrar y el de ellos incentivar.

Debo asistir al final de la tarde al Ministerio de Hacienda para ver un tema de las pacas. Todo esto en la tarde transcurre entre llamadas y mensajes de WhatsApp (que no me da para contestar ni el 10%).

El día no se acaba. Durante todo el torbellino trato de hablar con mis seres queridos aún sea de manera fugaz. Entre ellos mi querida madre se queja con palabras impublicables de unas llamadas sin contestar.

Cansado ya y avanzada la noche, regreso a la oficina a firmar documentos, pues los días son muy agitados para poder firmar y leer con algo de calma las montañas de documentos que todavía tienen que ser rubricados de manera formal. Eso, evitarlo, es una de las reformas pendientes por la que debatimos con algunos sectores que se resisten a cambios. Finalizando casi a las 10:00 pm, bajo con la seguridad del edificio Miguel Coco (justo nombre para este lugar), y pienso que así muchos creen que el servicio público es privilegio, chercha, corrupción y demás.

Mucha gente equipara el poder con la posibilidad de hacer cosas que otros no pueden hacer. Yo a esta hora pienso que el poder es la responsabilidad de tratar de hacer cosas que muchas veces no serán entendidas por años y años. Es someter toda tu vida privada al escrutinio más constante y a veces injusto.

¿Pensando todo eso me vuelvo a preguntar por qué hacerlo? Pienso en el presidente que muchas veces a esta hora es que llama y convoca. Veo su esfuerzo y el sacrificio de su familia. Pienso en muchos de mis colegas en el tren gubernamental haciendo de tripas corazones. Pienso en el cáncer que tal vez ayudé a curar. Pienso en el excedente de recaudatorio que irá a carreteras, a hospitales o a posibilitar una mejor calificación de riesgos para el país que reducirá los intereses de la deuda que salen de las costillas de nuestra pobreza. Y me digo: ¡Vamos!

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